“Sinodalidad: abrazo a la minoridad evangélica”: palabras que impulsan, de Liliana Franco, ODN

El octavo día del EGC comenzó con renovado entusiasmo tras un día de descanso. Tras una eucaristía solemne y un buen desayuno, las participantes se reunieron en la sala de plenos, listos para poner en marcha las actividades.

El lunes 16 de marzo, tras la sesión de trabajo en la primera hora de la mañana, a las 12:00h abrimos nuestro encuentro de Zoom para recibir a la hermana Gloria Liliana Franco Echeverri, religiosa de la Compañía de María Nuestra Señora, y a todas las personas de nuestra Familia que pudieron unirse a escucharla en directo. 

Liliana es reconocida como una de las voces más influyentes de la vida religiosa femenina en América Latina. Doctora en teología, ha combinado a lo largo de su trayectoria la reflexión teológica, el acompañamiento pastoral y un fuerte compromiso con las realidades sociales del continente. Ha ejercido responsabilidades de liderazgo tanto en su congregación —como superiora provincial— como a nivel continental, destacando su presidencia de la CLAR y su colaboración con el CELAM, además de su participación en el Sínodo sobre la Sinodalidad convocado por el Papa Francisco. Su ministerio y su obra escrita reflejan una profunda espiritualidad, una Iglesia en clave sinodal y un compromiso profético con la vida religiosa, la justicia social y el cuidado de la creación.

La Hna. María Teresa Cuervo le dio la bienvenida con palabras llenas de cariño y agradecimiento por compartir este rato con nosotras, aún siendo muy temprano para ella, conectada desde Colombia.

Su intervención puede verse completa en nuestro canal de YouTube:

También se puede leer el texto completo:


La ponencia se abrió con la imagen evangélica del grano de mostaza, símbolo de una esperanza que brota desde lo pequeño, frágil y aparentemente insignificante. Frente a un mundo herido, la vida consagrada fue presentada como una semilla con capacidad curativa. La esperanza cristiana no fue entendida como ingenuidad, sino como confianza en la fidelidad de Dios, que actúa en lo oculto. Desde esta clave, se propuso comprender la sinodalidad como un camino que abraza la pequeñez y descubre en ella su fecundidad.

Un corazón semejante al de Jesús

El centro de la sinodalidad, un referente primordial, es Jesús de Nazaret. Liliana destacó la importancia de sostener la esperanza en tiempos de crisis, fijándonos particularmente en  las mujeres de la Pascua. 

Cinco ideas fundamentales para el espíritu de la sinodalidad son: 

  • el arte de escuchar, de manera recíproca, misericordiosa y abierta al Espíritu, para vivir la plenitud de la vocación con humildad y desde la misericordia.
  • la mirada contemplativa de la realidad, que permite reconocer la presencia de Dios en la historia y renovar el compromiso con los más pobres
  • la necesidad de desaprender formas antievangélicas de vivir la fe, para acoger la novedad de Dios.
  • la itinerancia, tanto existencial como geográfica, que impulsó a vivir en salida misionera.
  • salida misionera en intercongregacionalidad einterculturalidad, como expresión de comunión en la diversidad.

Travesía con Espíritu

Sin el Espíritu no es posible comprender ni vivir la sinodalidad. La Iglesia y la vida consagrada son realidades animadas por su acción, incluso en medio de fragilidades.

Caminar en sinodalidad implica conversión personal y comunitaria, renovación de estructuras y apertura al discernimiento, que sólo es posible si le hemos abierto el corazón al Espíritu. Liliana insistió en la necesidad de escuchar el clamor de Dios en la historia y dejarnos afectar por la realidad. El Espíritu es la fuerza que recrea la vida, genera fraternidad y sostiene la utopía de la comunión.

Asimismo, Liliana destacó que el Espíritu impulsa hacia la diversidad, rechazando la uniformidad, y nos anima a salir hacia las periferias, especialmente hacia los más pobres, migrantes y excluidos.

La fortaleza está en “ser una”

Hay quienes tratan de fragmentar la unidad. Por eso, hoy más que nunca, nuestra misión debe llevarnos a convertirnos en guardianes de la unidad. La unidad es un atributo que configura la identidad… La unidad no excluye la diferencia; la unidad requiere relación y gratuidad en el encuentro personal; exige la práctica constante de la reconciliación y el perdón. La identidad de cada persona la convierte en portadora de un don, un carisma y un estilo particular, todos únicos y diferentes. En una Iglesia sinodal se nos pide no solo caminar juntos, sino sobre todo aprender a reunirnos, trabajar y discernir juntos. La  conversión a la que la Iglesia está llamada exige dar primacía al Espíritu, poner a Jesús en  el centro y escuchar atentamente la realidad. El camino sinodal requiere conversión.

El abrazo a la minoridad evangélica

En la densa noche, el diálogo entre Nicodemo y Jesús reveló un destello de luz que hay que saber discernir. «La vida solo necesita el espacio de una rendija para renacer» (Ernesto Sábato)… Este «renacer» no se basa en las capacidades personales, sino que se produce a través del poder creador del Espíritu. Entre el «no poder» y el «no saber cómo» renacer, surge un diálogo de búsqueda. «Renacer» nos invita hoy a volver a nuestras fuentes carismáticas y a reinterpretar la minoría no como una carencia, sino como un espacio de libertad, disponibilidad y encuentro genuino con Dios y con los demás…

Decisiones para vivir la sinodalidad

Aceptar nuestra realidad como mujeres consagradas y este momento delicado que atraviesan nuestras congregaciones nos llama a tomar decisiones:

  • Decisión 1: Con el corazón centrado en Dios, ser una presencia sabia que humanice. Quienes sirven dentro de la familia Vedruna harían bien en insistir en la importancia de la interioridad como fundamento que da nuevas razones de ser. Estamos llamadas a enfrentarnos a la realidad como lo hizo Jesús. Es necesario seguir promoviendo oportunidades reales de formación y profundización que permitan a las personas a las que acompañamos crecer en su fe, interpretar la realidad más profundamente y desarrollar la riqueza de su espiritualidad.
  • Decisión 2: Permitir que cada persona, según el ritmo del Espíritu, aporte su don. Esto nos lleva a priorizar el discernimiento como el espacio donde actúa el Espíritu, prestando atención a los movimientos que Él despierta en nosotros. Debemos buscar en la voluntad de Dios las pautas que renueven el compromiso y lo hagan relevante y significativo. La Iglesia tiene rostro de mujer: las asambleas, los grupos parroquiales, las celebraciones litúrgicas y los ministerios apostólicos se sostienen a menudo gracias a la generosidad, la reflexión y la dedicación de las mujeres.
  • Decisión 3: Ser auténticos para poder estar con los demás y permitir que la gracia fluya libremente. Las relaciones deben purificarse para que podamos situarnos en el terreno de la verdadera horizontalidad, donde todos tienen un lugar y todas las voces son escuchadas. Esto requiere fortalecer las prácticas creativas de encuentro y elegir la vida comunitaria como el tejido vital que sostiene y articula nuestra misión. También nos llama a construir lazos de hospitalidad y ternura.
  • Decisión 4: Ampliar nuestros corazones hasta que haya espacio para todos. Una Iglesia, una congregación y una familia carismática que se vea a sí misma como un hogar acogedor con rostro samaritano está invitada a elegir una cercanía compasiva que restaure la dignidad. Esto implica acompañamiento. Será necesario renovar el compromiso con nuestra Casa Común como lugar donde se revela Dios: la Tierra, las culturas y los más pobres claman. Una Iglesia que se mueve al ritmo del espíritu sinodal debe crecer en su capacidad de acoger y expandirse para que nadie quede excluido.
  • Decisión 5: Que el servicio se arraigue en la Palabra que da sentido, proporciona coherencia y abre horizontes de renovación y compromiso. La Palabra de Dios es alimento indispensable en todos los procesos sinodales. El desafío será permitir que esa Palabra, esa Buena Nueva, resuene con su poder de sanar, liberar, restaurar la dignidad y levantar, para que en torno a ella se renueve y celebre la comunión.
  • Decisión 6: Ser pequeños signos. Nuestras vidas se convertirán en un signo si las vivimos con alegría, deleitándonos en el Dios de lo inesperado. La vida religiosa debe asumir el riesgo de servir a la gracia impredecible de Dios. «La vida religiosa debe ser un nido ecológico de libertad». Debemos dejarnos sorprender con alegría por Dios.
  • Decisión 7: La misericordia debe ser la fuerza motriz del compromiso. Elegir a Jesús tiene consecuencias e implica construir el Reino, reconociendo la misericordia como la fuerza motriz de la solidaridad comprometida. Para ayudar a garantizar que lo que somos, desde la identidad de la Familia Vedruna, nos lleve a las fronteras donde se encuentran los más pobres.
  • Decisión 8: La escucha conduce a la conversión. Sin escuchar, el servicio a la manera de Jesús no es posible. «Escuchar implica, por tanto, una transformación existencial, una conversión, un descentrarse de uno mismo. Escuchar se convierte así en una actitud vital, porque nos sitúa en la posición del otro. Escuchar abre el camino a la transformación del corazón.
  • Decisión 9: La llamada es hacia la mística del encuentro. La mística del encuentro exige fomentar la información, la participación, el diálogo y la responsabilidad compartida, así como fortalecer las redes para que las personas puedan apoyarse y acompañarse mutuamente en la vivencia de lo que tienen en común. Esto requiere aprender a gestionar los conflictos sin perder la esperanza y sin caer en un escepticismo paralizante.
  • Decisión 10: Todo requiere tiempo, procesos y paciencia. Los procesos permiten desarrollar el potencial de la vida. Deben ser procesos interrelacionados e interdisciplinarios, arraigados en la realidad, que abarquen la vida en su plenitud y den protagonismo a las personas con las que caminamos. Hoy más que nunca, asumir la misión que se nos ha confiado requiere corazones compasivos y corazones como el de Jesús.

Conclusión: plenitud en la pequeñez

Para concluir, Liliana señaló que el Verbo eterno se ha hecho pequeño, tan pequeño que yace en un pesebre. Se convirtió en un niño para que el Verbo estuviera a nuestro alcance. Ahora el Verbo no solo se puede escuchar, no solo tiene voz, sino que también tiene un rostro que podemos ver: Jesús de Nazaret.

Dios siempre está en camino hacia nosotros, y nosotros hacia Él. Nuestro Dios, la Palabra viva, se acerca, se inclina y abraza nuestro humus, nuestra pequeñez y nuestra humanidad para revelarnos la profundidad de lo divino, de lo eterno, de lo que perdura.

En el encuentro, y cuando abrazamos nuestra minoría, nos hacemos más humanos. La calidez de una mirada nos cobija, la profundidad de una palabra nos salva y nos libera, la dulzura de una caricia nos rescata del vértigo de la prisa y el consumo. Todo, en última instancia, se convierte en lenguaje cuando es movido por la gramática del amor. Eso es lo que Jesús vino a enseñarnos cuando entró en nuestra historia y, hecho Verbo, nos enseñó que la persona está por encima de la ley, de los dogmas, de las banderas o de los tratados con los que los seres humanos tan a menudo se confinan y limitan el encuentro. 

La Hna. Liliana concluyó su intervención con su poema titulado “Plenitud”.