La tarde del 8 de mayo, en cuanto nos enteramos de la «fumata» blanca, salimos de casa y, como no circulaban autobuses, no tuvimos más remedio que correr tan rápido como nos permitían las piernas para llegar a la Plaza de San Pedro. Parecía una maratón, porque un gran número de personas, jóvenes y no tan jóvenes, corrían todos hacia el mismo lugar con el mismo propósito. Al llegar a la plaza, después de pasar por todos los protocolos de seguridad, intentamos apretujarnos en algún sitio para poder tener una vista decente.
¡Qué impactante fue contemplar la plaza en este momento histórico! Miles y miles de personas, esperando pacientemente para expresar su alegría por esta figura tan deseada en esta coyuntura. Todos los ojos estaban pegados al balcón central. El reloj corría, nuestros corazones se aferraban al suspense en el aire y nuestros oídos estaban preparados para captar cada palabra. En esta atmósfera cargada, una chispa se prendió de repente cuando, desde la logia central de la Basílica de San Pedro, el Cardenal Protodiácono Dominique Mamberti pronunció la fórmula «Habemus Papam», proclamando a la ciudad de Roma y al mundo entero la noticia de la elección del Cardenal Robert Francis Prevost como Papa León XIV. Lo que siguió fue un largo y sonoro aplauso de alegría.
La primera aparición del Papa León XIV fue acompañada de interminables vítores y alegres aplausos, que hablaban más fuerte que las palabras. «¡La paz sea con todos vosotros!» fueron las primeras palabras del Papa León XIV. Prácticamente después de cada declaración que hacía el nuevo Pontífice, el pueblo confirmaba y sellaba sus deseos y anhelos con un aplauso difícil de olvidar.
Estando allí entre los miles de personas, me sentí como una gota en el océano, pero a la vez, una con el mundo, donde personas de todas las razas y lenguas se habían reunido para presenciar este momento. Mientras el Papa seguía hablando, sentí como si la Iglesia volviera a nacer, especialmente por su saludo inicial de paz lanzado a la plaza con voz firme. Sus pocas palabras en español aportaron una alegría añadida al pueblo de Perú y de otros países hispanohablantes. Invocó a la Madre María y la exhortó a ayudarnos a alcanzar la paz y a estar cerca de los pobres. Aquella tarde, todos regresamos a casa con el corazón lleno de alegría y gratitud por el don del Papa León XIV a la Iglesia y al mundo.
Como Hermanas Vedruna, hijas de la Iglesia y de Santa Joaquina, abrámonos a esta nueva era de esperanza. Que, junto con la Iglesia, continuemos el legado que el Papa Francisco nos ha dejado bellamente expresado en diferentes ocasiones, sobre la sinodalidad, el cuidado del planeta, el diálogo interreligioso y el amor a los más vulnerables. Como él, convenzámonos de que la Iglesia es para todos. Comprometámonos también a apoyar al Papa León XIV en su nueva misión y en todo lo que lleva en el corazón, especialmente para ser constructores de paz en un mundo desgastado. Que Dios bendiga a nuestro pastor, el Papa León XIV, y le conceda todas las gracias para seguir adelante en este año jubilar y en muchos más.
Hna. Maggie D’Costa, ccv



